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¿Qué podríamos haber aprendido? Reflexiones para empezar un año.

¿Qué podríamos haber aprendido? Reflexiones para empezar un año | Mario Ortúñez

¿Qué podríamos haber aprendido? Reflexiones para empezar un año.

01/09/2020 / Mario Ortúñez Rubio /Transformacion digital

¿Os pasa a vosotros? Desde un punto de vista personal cuento los años a partir de septiembre, es decir por cursos escolares. Ahora porque tengo hijos, pero antes también lo hacía. Porque el verdadero cambio lo realizo cuando me voy de vacaciones. Ahí sí hay ruptura, descanso, fractura, desconexión, etc. Con el año natural no tengo estas mismas sensaciones. Un año que acaba y cuya segunda parte ha supuesto —lo sigue siendo— un shock a todos los niveles, que me lleva a algunas reflexiones. Quiero adentrarme en algunos aspectos que respondan a una pregunta, ¿qué podríamos haber aprendido?


Desde un punto de vista profesional: teletrabajo

Estos últimos meses nos hemos lanzado de cabeza a un teletrabajo por el que muchos suspirábamos desde hace tiempo, si bien éste no se ha realizado en las mejores condiciones. Se ha trabajado desde casa; nos hemos adaptado a unas condiciones duras de un día para otro, con nuestra mejor disposición, nuestro mejor hacer y también gracias al trabajo de muchos compañeros que desde la sombra nos lo han permitido; hemos sufrido problemas de conexión y vivido situaciones desesperantes, también divertidas, en las múltiples videoconferencias en las que hemos participado; hemos compartido espacios y wifi en el ámbito familiar; nos hemos multiplicado todo cuánto hemos podido: hemos sido padres, madres, repartidores de comida —con nuestros más mayores—, profesores, pedagogos, psicólogos, chefs, animadores, un poco faquires —tragándonos en muchas ocasiones nuestro miedo con la mejor sonrisa, aunque nos quemara por dentro, con el propósito de facilitar una mejor convivencia— y también un poco payasos y humoristas —aunque mi hija, con el desdén propio de la adolescencia me diga que ni lo intente, que perdí el humor hace unos años… ¡ya volverá a reírse de mis bromas!—.

El resultado de todo esto, lo creo honestamente, es que lo hemos hecho muy bien. Creo que el trabajo no se ha resentido lo más mínimo, que hemos seguido realizando todo aquello que ya veníamos haciendo en la oficina y aún más, nuevas ideas, nuevos proyectos, a veces en tiempo récord.

¿Qué podríamos haber aprendido?

Que el teletrabajo funciona. Que el presentismo, como concepto, no es necesario para realizar un trabajo de calidad. Que no deben quedar dudas sobre si el trabajador que se queda en casa trabajando lo hace o no. Que no deberíamos de hablar de volver a la “normalidad” sino de volver a un escenario transformado, distinto, en el que puedan coexistir el teletrabajo y la presencia en la oficina.

Son muchos los beneficios y los beneficiados y solo citaré algunos: el trabajador ahorra tiempos de desplazamiento; puede adecuar su jornada laboral —dentro de unos parámetros— de tal forma que le permita una verdadera conciliación familiar, incluso atención a dependientes de haberlos; puede organizar sus tareas de una forma más equilibrada e incluso fijar su domicilio alejado del lugar del trabajo; esto último permitirá a las empresas contratar a talento que no quiera o pueda renunciar a su lugar de residencia; reducir el espacio de sus oficinas con el ahorro que ello supone en alquileres y otros gastos fijos y disponer de una plantilla más satisfecha y feliz, favoreciendo y aumentando su sentimiento de pertenencia y posibilitando la retención de talento.

A nivel global, las grandes ciudades verían como sus niveles de contaminación se reducirían —ese humo que Joseph Roth escribía “lo creamos con una diligencia que es más que devoción” —, permitiendo una vida más saludable para sus habitantes, los desplazamientos serían más rápidos pudiéndose potenciar el transporte público u otros menos contaminantes. Habría una mayor y mejor redistribución física —y por tanto económica— de las personas en pueblos y ciudades, permitiendo que los jóvenes no tuviesen que abandonar su lugar de residencia, por pequeño que sea, al no encontrar un puesto de trabajo acorde a sus conocimientos. En definitiva, permitir que la España vaciada deje de serlo, favoreciendo así inversiones de otros colectivos privados y públicos al haber una mayor demanda de servicios. De esta manera también se descongestionarían las grandes ciudades pudiendo prestar una mejor calidad en el servicio a sus habitantes.

Llevamos varios años hablando de transformación digital, de transformación cultural e incluso a veces pensamos que ya hemos superado estas fases para entrar en otras, pero la realidad es que ahora estamos ante esa transformación. ¡Este es el momento!

 

Desde un punto de vista personal: escuela de aprendizaje

También estos meses han sido una escuela de aprendizaje. Hemos sentido el miedo de cerca al enfrentarnos a algo desconocido, letal y sin demasiadas defensas posibles, moviéndonos en un escenario a veces apocalíptico; miedo por “los nuestros”, aunque hemos sentido también como nuestros a tantos fallecidos en su soledad en residencias y hospitales; hemos asistido con admiración al abnegado espíritu de sacrificio de todos aquellos que no han faltado a su puesto de trabajo —con aún mayores miedos que nosotros— en un ejercicio de responsabilidad o de tantos otros que han puesto su actividad, su tiempo y su ocio a ayudar sin que nadie se lo hubiera pedido; en el lado contrario de la balanza también hemos repudiado a cuantos han hecho prevalecer su yo al bien colectivo y por supuesto hemos llorado, lágrimas de tristeza, de rabia, de emoción, de solidaridad; lágrimas que deberían de servir para ayudar a germinar mejores personas.

¿Qué podríamos haber aprendido?

Que somos frágiles, que no somos omnipresentes, que debemos de reaprender a vivir y para ello debemos de saber frenar. Frenar para mirar a nuestro alrededor y descubrir, pensar, analizar y reflexionar. En cómo nos repartimos el tiempo, cuáles son nuestras prioridades, cómo encaramos la vida y si todo esto lo estamos haciendo bien y lo transmitimos correctamente a las nuevas generaciones. Si en esta ecuación de la vida hay tiempo y espacio equilibrado para mirar a los demás, a nuestras familias, a nuestros hijos y sus problemas, al trabajo, a la sociedad y a los que necesitan de ella y también para mirarnos a nosotros mismos, a nuestro interior y preguntarnos si somos lo que queremos o lo que el ritmo acelerado de nuestra vida y de una sociedad, que de manera sistemática empuja al más y mejor, nos dice lo que tenemos que ser. Dejar de intentar correr en todas direcciones buscando algo que ni siquiera nos paramos a pensar si es lo que necesitamos, para en la mayoría de los casos no llegar a ningún sitio más que al terreno de la insatisfacción –“Busque la vida” le dicen al personaje Z, en La hermana de Sandor Marai, desconocedor aún de que su enfermedad es producto de una insatisfacción corrosiva que se ha adueñado de su vida–.

Desacelerar, parar y mirar al fondo, a la última línea del horizonte y sentir que te estás cruzando una mirada infinita con alguien situado en el otro extremo a quien eres incapaz de ver, pero que te transmite más que una carrera loca y desenfrenada.

Escribía Zweig que el alma del individuo cede ante los quehaceres cotidianos impidiendo “descubrir sus deseos más profundos e incluso expresarlos”. Vivir lento. Solo así podremos sacar lo mejor de nosotros mismos y, de paso, ofrecérselo a los demás.

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