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Bitcoins, tulipanes y hortalizas

Bitcoins, tulipanes y hortalizas |IECISA

Bitcoins, tulipanes y hortalizas

13/02/2018 / Juan Navarro García /Blockchain

¿Qué da valor a este artificio monetario llamado bitcoin? En este artículo se exponen argumentos que relacionan los bitcoin con la agricultura y con la energía, es decir con la economía real.


Cuenta Herodoto que las primeras monedas acuñadas con carácter oficial fueron hechas en Lidia, en la actual Turquía, entre los años 680 y 560 a. C. y también que fue en esta ciudad donde se establecieron las primeras tiendas de cambio en locales permanentes, precedentes de los actuales bancos. Hasta hace poco se creía que la prosperidad de esta ciudad venía de su riqueza en oro y plata, metales que, mezclados en una aleación denominada electrum, servían para acuñar la moneda. Sin embargo, investigaciones recientes parecen indicar que la prosperidad realmente provenía de la fertilidad de sus campos y de su pujanza comercial determinada por su situación geográfica. Es decir primero el trigo, después el oro hecho moneda con que comprarlo o venderlo. 

Cultivados originariamente en el Imperio Otomano, también en la Turquía actual, los tulipanes llegaron a Holanda en el siglo XVI. En 1592 Carolus Clusius, un botánico flamenco, escribió un libro sobre estas plantas y su popularidad aumentó de tal manera que, al parecer, la gente entraba continuamente en su jardín para robar los bulbos. La importancia de esta colorida y curvilínea flor fue creciendo al mismo ritmo que lo hacía la Edad de Oro holandesa. A mediados del siglo XVII la fiebre por su posesión era tal que provocó la primera burbuja económica, conocida como ‘tulipomanía’. A medida que se adquirían más y más bulbos, su precio aumentó tanto que terminaron utilizándose como si fueran dinero, hasta causar una crisis del mercado.

En 2008 un misterioso personaje bajo el pseudónimo de Satoshi Nakamoto publicó un visionario artículo en el que se describía un sistema P2P de pagos de dinero efectivo digital sin intervención de instituciones financieras. Un año más tarde, lanzó el software de código abierto Bitcoin, creando la red del mismo nombre sobre Internet y las primeras unidades de moneda, llamadas bitcoins.  

Tras unos años en el que el valor del bitcoin fue prácticamente nulo, en mayo de 2010, se realizó la primera transacción en el mundo real al comprar dos pizzas en Jacksonville, Florida por 10.000 bitcoins. Un año más tarde el bitcoin alcanza la paridad con el dólar y en enero de 2014 alcanza el valor de 1000 dólares.  Tras descubrirse irregularidades e incidentes que finalmente acarrearon el cese de actividad de Mt. Gox, en aquel momento la mayor tienda de compra-venta de bitcoins, el valor de la criptomoneda se desplomó bruscamente llegando a mínimos de 200 dólares en marzo de 2015. A partir de ese momento el bitcoin no ha parado de subir en su cotización y en volumen de intercambios.

El éxito de bitcoin ha dado lugar a la creación de miles de criptomonedas que, con diferente grado de éxito, conviven a su sombra, si bien ninguna de ellas, incluido el propio bitcoin, están siendo empleadas como dinero de bolsillo tal y como era la intención de sus creadores.

El Chicago Board of Trade (CBOT) se fundó en 1848, y es el mercado de futuros y opciones más antiguo del mundo en el que originalmente se comercializaban productos agrícolas básicos como trigo, maíz y soja. En diciembre de 2017, el COBT empezó a aceptar contratos de futuros con bitcoins y la criptomoneda, aupada por este hecho, alcanzó el valor record de 19.000 dólares. Se puede decir que las hortalizas han acabado por poner el bitcoin en boca de todos. A mediados de enero de 2018, una vez extinguido el efecto acelerador de las hortalizas en el mercado de la “Windy City”, el valor del bitcoin ha sufrido una severa corrección a unos 12.000 dólares: es hora de recoger beneficios.

Efectivamente, en las últimas semanas hemos asistido a un festival de noticias y opiniones en medios de comunicación sobre el fenómeno bitcoin y los movimientos especulativos sobre su valor. Con frecuencia se ha comparado este fenómeno con burbujas económicas como la anteriormente referida crisis de los tulipanes  o, incluso, con estafas piramidales como las filatélicas que hemos sufrido en España. Sin embargo, estas comparaciones son, en mi opinión, totalmente desacertadas por las razones que se exponen a continuación.

El ingenioso sistema de registro distribuido (posteriormente conocido como Blockchain) y su mecanismo de “acuñamiento”, permiten equiparar este artificio informático con otros activos materiales donde representar y refugiar sólidamente valor económico: metales preciosos, joyas, obras de arte, monedas de los países ricos y estables.

Sin embargo, al contrario que otros activos refugio, bitcoin es un activo inmaterial, ubicuo y anónimo. Reside en miles de nodos públicos conectados a internet y cuya coordinación no pertenece a nadie en concreto, a ninguna autoridad, a ningún gobierno, y cuyo acceso se realiza a través de una clave que solo el propietario crea y conoce.

El argumento de que se trata de un fenómeno piramidal se desmonta fácilmente: 21 millones es el máximo número de bitcoins que serán emitidos. Las dudas sobre la seguridad del sistema de registro son, con los estándares criptográficos actuales, totalmente infundados. La posibilidad de la aparición de un ordenador cuántico capaz de romper el algoritmo SHA-256  y descubrir las claves privadas desde las correspondiente claves públicas mediante curvas elípticas discretas más parece el recurrente cuento del “hombre del saco”, con el que mis padres me metían miedo para no hacer travesuras, que una amenaza real.  

La crítica que se realiza sobre la cantidad de energía que es precisa para sostener el sistema Bitcoin parece obviar el hecho de que obtención de oro o extracción de diamantes no es precisamente una actividad sostenible y, en la mayoría de las ocasiones, poco ética. Además ignora el hecho muy relevante y capital de que la generación de bitcoins o, más correctamente, de bloques de transacciones válidamente encadenados, requiere vencer una dificultad artificialmente impuesta por el propio diseño de la criptomoneda. Efectivamente, “minar” bloques con bitcoins no es gratis: requiere notable esfuerzo, una gran cantidad de energía, mucho tiempo y trabajo. Se puede decir que los bitcoins son kiloWatios*hora puestos en valor.

Es evidente que en estas semanas hemos asistido a fuerte movimiento especulativo en torno al valor del bitcoin, una nueva “gold rush”.  En estas circunstancias,  bitcoin (y el resto de criptomonedas) no puede ser considerada una divisa, ya que la amplitud y frecuencia de los cambios de su valor no permiten establecer una referencia clara para el tráfico comercial. Sin embargo, si se observa la tendencia a medio plazo, el valor bitcoin es claramente al alza lo que sí avala su consideración como activo refugio, como el oro, los diamantes y los cuadros que caben en barcos de recreo.

Lamentablemente, una herramienta tan poderosa no puede pasar desapercibida a quienes no son solidarios con la sociedad, a los que están en la ilegalidad, en la delincuencia. Desde que se empezó a tomar conciencia de su éxito ya hay quien propone prohibiciones y regulaciones. Pero, ¿cómo se puede hacer esto con algo virtual y que solo el interesado conoce? ¿Se acabará por prohibir/regular su tráfico por Internet? Aceptémoslo: todas estas medidas serán como poner puertas al campo e imponer restricciones a la libertad de las personas.

Al igual que con otras innovaciones disruptivas, la realidad de bitcoin es tozuda y se va abriendo paso. Tiene poderosos aliados y no hay frontera, regulación o corralito que se le resista. Para bien o para mal, es un fenómeno imparable. Y es que los bitcoins no son bulbos de tulipanes.

 

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